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martes, 1 de septiembre de 2009

Democracia, populismo

La oposición pensaba que si el oficialismo perdía, el gobierno mostraría una mejor disposición para efectuar concesiones y avanzar en la construcción de consensos, o sea, la idea era que el gobierno girara hacia posturas más amigables. Lo cierto es que el oficialismo, redobló las apuestas y aceleró la profundización de su modelo político y su forma "unfriendly". Quienes esperaban que la política económica, comenzara a inspirarse en la teoría neo clásica, se sienten defraudados, no obstante los que pronosticábamos un giro al pragmatismo estamos más cerca de haber entendido que eso es lo que está ocurriendo.
La criticada "lógica del conflicto y la confrontación K" es la esencia misma del “populismo”, que no tiene porque ser una mala palabra. Liberalismo, marxismo y, porque no aceptar la realidad del populismo.
La historia se repite, como enseña el libro Eclesiastés. A comienzos del siglo XIX había en Europa un importante malestar entre el liberalismo y la democracia. El liberalismo era admisible para el mundo en general, aunque la democracia era en extremo un término despectivo, como lo es actualmente el populismo. En aquel tiempo la democracia se identificaba con el jacobinismo, o el gobierno de la turba, claro. Fue necesario transitar conflictos y revoluciones durante todo el siglo XIX, para que se diera un compromiso estable entre liberalismo y la democracia. En Latinoamérica la realidad de aquel liberalismo sabio-europeo-que aceptó la democracia, nunca funcionó. Las aspiraciones del pueblo nunca fueron viables a través de las políticas liberales. Cuando las aspiraciones del pueblo comenzaban a ser reclamos políticos, los supuestos liberales, comulgaban con totalitarismos que albergaban enfoques económicos emparentados con el liberalismo, pero mas bien conservadores y, claramente opositores al populismo. También hubo en Latinoamérica dictaduras populares nacionalistas como la de Ibáñez en Chile o el Estado Novo en Brasil. A través de la democracia en cambio, el peronismo, simboliza la alternativa a las dictaduras militares que desdibujaban tanto a la verdadera tradición democrática liberal, como a la tradición nacional y popular. Hoy vemos en la región gobiernos de centroizquierda, con ideología nacional y popular, pero que no menosprecian para nada las formas democráticas liberales. En nuestros países, si asoma un riesgo para la democracia no proviene nunca del populismo, sino más bien, del desvío de aquel virtuoso liberalismo y el marxismo utópico. Concretamente el peronismo nunca ha surgido de una via anti democrática, sin competir con partidos políticos colegas. Sin embargo, la oposición hoy le atribuye etiquetas de "gobierno autoritario", en lugar de "una forma autoritaria" de expresión o de gestión. La diferencia es sutil, pero no es menor. También se hacen comparaciones antojadizas, no desprovistas de intencionalidad. Los populismos en Latinoamérica tienen distintas expresiones y grados de profundidad. No se puede igualar la Argentina K con la Venezuela de Chávez, es absurdo. Cada experiencia tiene la perspectiva cultural de sus propias tradiciones e historia. Si el modelo venezolano en la Argentina es indeseable, también vale la pena decir que es inviable, por lo cual no habría que plantear siquiera la hipótesis. En la Argentina hay una sociedad que creó formas afines a la de sociedades más desarrolladas que la venezolana, y está mucho mas estructurada. Cada país tiene sus propias carreteras en América Latina, aunque existan elementos comunes. Uruguay y Brasil con gobiernos de izquierda, no han realizado cambios profundos. Brasil es cauteloso, tiene una experiencia histórica distinta y, es un país regionalizado. Perón fue líder de una fuerza mucho más homogénea que Vargas. Perón se dirigía a los trabajadores tanto de Buenos Aires, Córdoba como Rosario, que eran la Mayoría del país, un mundo relativamente unificado. En cambio Brasil siempre fue un país de mucha regionalización. Por eso Vargas como Lula lo es ahora, fue un articulador de intereses regionales diferentes.
Tratemos de profundizar, para no generalizar, que las generalizaciones nunca han sido buenas.

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