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jueves, 1 de marzo de 2001

Con la convertibilidad y la apertura de la economía pudimos alcanzar un cierto avance tecnológico que siempre demoraba en llegar a nuestras costas. Sin embargo con esos y otros bienes; el esplendor está contaminado y la mayor parte del progreso se ha extraviado desde el punto de vista social. Gran parte de ese empuje estimulante, se malogra en términos de bienestar general de la población, en forma creciente, año tras año.
Se trata sencillamente de las fallas evidentes de aplicar un sistema imitativo inviable a largo plazo, que se fue introduciendo, enviciando a los primeros beneficiarios y perjudicando al resto de la economía. El mito, consiste en creer que podemos desarrollar para la Argentina un sistema económico y financiero idéntico y mejorado de los que funcionan en los países desarrollados. Países que tienen industrias y servicios desarrollados. Incompatibilidad muy seria para un proceso de transformación económico fulminante con apertura y libertad ilimitada.
Los beneficios del crecimiento de la década anterior (hasta ahora parecen circunscribirse a un ámbito limitado de la sociedad), de momento esperábamos que el sistema político y los empresarios coadyuvaran a extenderlo al conjunto de la población.
Esta suma de divagaciones político económicas y financieras, sumadas a los funcionarios que suministra nuestra clase dirigente, tiende inevitablemente al conflicto, con consecuencias de todo orden. Blindaje, paros, sube y baja del riesgo país, etc.
El prorrateo de los frutos del crecimiento de los noventa fue, a todas luces inadecuado. Por sí mismo explica cual es el comportamiento de los gerentes de la estructura política, económica y financiera en Argentina.
Tengamos en cuenta que las concesiones de todos los sectores se hicieron creyendo que la evolución en términos de ocupación de los años subsiguientes a la irrupción del modelo, abría la esperanza futura, y estábamos haciendo un “trade off”* en el mediano plazo.
Penosamente, una parte importante de la prosperidad de esos años, se destinó a concentrar la riqueza en los estratos más altos de la sociedad, sin distrubuir y sin acumulación de capital reproductivo. Asistimos a un despilfarro formidable del potencial de crecimiento en manos de un grupo privilegiado de consumo que podemos ver en cualquier revista del corazón.
Por otra parte la exagerada protección del sistema financiero, con la excusa de evitar corridas de depósitos y cierres de entidades, succionó una fuente de recursos indispensable para el funcionamiento de buena parte de la actividad. El sistema financiero tendió a excluir en forma definitiva a mas de un millón de pequeñas y medianas empresas que quedaron empantanadas en el fondo de la ordenación del modelo.
Las consecuencias se disparan y agravan en esta época, con el pasar de 32 meses de recesión. El enfrascamiento de un pacto de silencio, atenta contra los logros iniciales de la estabilidad, y pone en duda la viabilidad futura del plan de convertibilidad. Todo parece conducirnos a la conclusión que las situaciones descriptas, son consecuencias emergentes del modelo.
Lo cierto es que, si de buenas a primeras se abandonara la convertibilidad, tampoco se corregirían por sí solas las actuales disparidades de una distribución incorrecta del crecimiento de la década pasada. Estamos ante un intringulis de magnitud que muy pronto podrá develarse.



*(Compensación de las ventajas futuras y desventajas iniciales)

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